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Nombre: blacksad
Lugar: Inframundo

miércoles, agosto 09, 2006

John Ford, John Ford y John Ford - Juan Manuel de Prada

John Ford, John Ford y John Ford – Juan Manuel de Prada


Creo que fue Orson Welles quien brindó esta respuesta, cuando Peter Bogdanovitch le solicitó el nombre de sus tres cineastas predilectos. Aunque disfrazada de boutade, la respuesta de Welles alberga una verdad recóndita: ninguno de sus predecesores, ninguno de sus contemporáneos, ninguno de los directores que han venido después ha alcanzado el grado de penetración poética en el alma humana logrado por aquel irlandés nacido en Maine. John Ford ocupa en solitario el peldaño supremo en la escalera de los creadores cinematográficos; así lo han reconocido casi todos los maestros del séptimo arte. Sin duda, han existido cineastas más dotados desde un punto de vista técnico, o poseedores de un universo personal más complejo, pero ninguno ha conseguido como Ford comprender de un modo tan cabal a sus criaturas, convirtiendo en sustancia mítica la frágil condición humana. Pese a su aparente desaliño formal, pese a la engañosa elementalidad de sus historias, John Ford ha logrado explicar los anhelos más nobles del hombre sin grandilocuencia ni afectación, también sus miserias más arraigadas sin ensañamiento ni regodeo, con una especie de caridad hedonista que sólo está al alcance de los espíritus superiores. Nadie como él ha sabido retratar la soledad, el sentimiento de pérdida, la capacidad de renuncia y sacrificio, la crueldad del tiempo que nos araña y devora; nadie como él ha sabido dotar de temperatura épica un instante de doméstica intimidad. John Ford rodaba las batallas como si fuesen miradas, y las miradas como si fuesen batallas: con la misma calidez elegíaca, con la misma vibración perdurable. Muchas de sus películas, contempladas con voluntad de taxidermista, carecen de argumento en el sentido estricto de la palabra, pero están cohesionadas en torno a una luminosa y arrolladora fe en el hombre. Quizá sin pretenderlo, en su respuesta a Bogdanovitch, Welles definió la naturaleza divina de aquel cineasta sin parangón: uno y trino a la vez.

Durante mucho tiempo, Ford fue despreciado por los esnobs y los progres de salón: les repugnaba su ideología conservadora. Todavía hoy, muchos amigos a los que aprecio, para justificar su devoción fordiana, se enfrascan en estériles disquisiciones sobre este asunto. Juzgar a Ford desde premisas ideológicas es una tarea tan botarate como tratar de desprestigiar a Homero desde posturas antimilitaristas: la grandeza de su arte apabulla y pisotea tales mezquindades.

Pero, desde luego, Ford era un hombre que defendía valores tradicionales: creía en la camaradería viril que se entabla en la milicia (no era un rasgo puramente retórico, sirvió en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial), creía en la fuerza irradiadora y fecunda de la familia, profesaba –por lealtad a sus orígenes y por convicción personal– la fe católica. Pero esta defensa de los valores tradicionales no era en él síntoma de cerrazón reaccionaria, sino vocación de humanismo que se expresaba en sus películas a través de una vindicación de las razas humilladas y ofendidas (recordemos su Sargento negro, por no citar tantas películas que ensalzan la dignidad de los indios) y en su fervorosa exaltación de la democracia primigenia, encarnada en Abraham Lincoln.

Nadie como John Ford supo integrar el radical individualismo con la conciencia de adhesión a una comunidad, que se plasma en secuencias de una emoción serena y catártica: esos bailes ceremoniosos que nos ponen el ánimo de puntillas, esas visitas a los cementerios en las que sus personajes masculinos hablan con sus esposas ya fallecidas… En cualquier película de Ford, aun en las menos cuajadas, se respira un clima de dulce tristeza o escueta alegría más elocuente que cualquier tratado de antropología. El dramatismo más hondo y el humor de estirpe cristiana se dan la mano para celebrar la fiesta de la vida, para enseñarnos que ni siquiera la muerte puede arruinar nuestro sueño de idealismo.

No se me escapa que John Ford es un cineasta poco frecuentado por las nuevas generaciones. Quizá, entre quienes posen la mirada en estas líneas, se cuente algún joven de dieciséis o dieciocho años: me gustaría volver a tener tu edad para ver por primera vez Fort Apache, El hombre tranquilo, Centauros del desierto, La legión invencible, Qué verde era mi valle o Río Grande. Me gustaría volver a tener tu edad para ensanchar los horizontes del mundo y saberme vivo, mientras descubro ese caudal de bendita, incesante humanidad.

Afortunadamente, los años y las generaciones pasan; John Ford queda para siempre.

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